Es una de las aventuras más esperadas desde que regresaron de Perú. El Buque Castilla de las Fuerzas Armadas Españolas les esperaba imponente fondeado en aguas del Cantábrico frente al puerto guipuzcoano de Pasajes, a escasos kilómetros de San Sebastián. Esta embarcación, cuya misión es atender habitualmente operaciones de mantenimiento de paz y de ayuda humanitaria, se ha convertido por unos días en el nuevo "palacio" en el que se han instalado los 225 expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA.
En uno de sus aposentos, un sollado de Infantería Marina en los sótanos del buque compartido por varios de sus compañeros y hacinados en estrechos pasillos con literas de tres, la burgalesa Ángela Pérez se siente como si estuviera en un alojamiento de máxima categoría: "después de donde hemos estado, esto es como un palacio, tenemos duchas, agua caliente, cama...". Y es que como ella, los más doscientos "ruteros" llevan ya 25 días durmiendo sobre delgadas colchonetas, en ocasiones al aire libre, y en la mayor parte de las veces en tiendas de campaña en cualquier lugar de tierras peruanas y españolas.
A sus 16 años, es su primera experiencia en barco. Lo hace emocionada, no es para menos, navegar un buque anfibio de la Armada es todo un privilegio. "Lo más impresionante fue la llegada al puerto", dice la expedicionaria burgalesa, "allí no estaba el buque que esperábamos". En cambio, atracadas esperaban dos barcazas que les transportarían, no sin mojarse, con todo su equipaje al Castilla, fondeado en alta mar.
Con emoción, nervios y mucha ilusión, los "ruteros" entraban por la popa del buque cantando, aplaudiendo y riendo. No se imaginaban una experiencia así, pero en el fondo la estaban deseando. Especialmente porque podrían ducharse con agua corriente y caliente, algo inusual en esta aventura. Encantados por buscar ese placer, el grupo de Ángela pensó por un momento que tendría que dormir una noche más sin pasar bajo la ducha, ya que "nada más llegar se inundó el baño de agua con al menos un palmo de altura", lamentaba con ligera sonrisa en sus labios. Afortunadamente, un marinero de la Armada les resolvió el problema.
Anochecía frente a la costa guipuzcoana, donde entre la neblina del norte se divisaba perfectamente la playa de la Concha de San Sebastián, así como las playas de Orio, Zarautz, Getaria y los acantilados de Deba y Zumaia. El agotamiento acumulado a las espaldas de Ángela evitó que sintiese el zarandeo del Castilla a velocidad de crucero: "estaba tan cansada que daba igual, aunque tenía una sensación rara, no de estar mareada pero de vez en cuando me iba a los lados...", comenta con ilusión.
Al amanecer, el buque Castilla atracaba en el vizcaíno puerto de Getxo. Desde allí los expedicionarios desembarcaron para adentrarse en la ría de Bilbao y descubrir el Puente Colgante de Portugalete, declarado Patrimonio de la Humanidad desde 2006 y actualmente en proceso de restauración, ya que desde que entró en funcionamiento en 1893 no había sido nunca remodelado.
Allí les esperaba Miguel de la Quadra-Salcedo, director de la expedición, junto a las autoridades locales. Expectantes, presenciaron un baile típico del lugar, el "aurresku", un danzarín que se mueve al ritmo de chistu y tamboril. Desde esta localidad remontaron la pista del Nervión para descubrir Bilbao y su joya vanguardista: el museo Guggenheim. El perro florido Puppy les dio la bienvenida para una rápida visita antes de recorrer el casco antiguo de una ciudad con historia, pero con un pie en el futuro.