Y en realidad era la vida. El novelista polaco Joseph Conrad escribió con acierto esta frase que ilustra la portada de una libreta testigo de apasionantes aventuras. En ella plasman sus impresiones los más de 200 expedicionarios de de la Ruta Quetzal BBVA que este año llevan la palabra "aventura" grabada a fuego sobre su piel.
En sus botas de Panama Jack llevan muchos kilómetros, pues acaban de regresar de Perú, donde han recorrido de norte a sur el país siguiendo las huellas del religioso Martínez Compañón, obispo de Trujillo en el Virreinato del país andino. Un viaje inolvidable en el que han descubierto la tercera catarata más alta del mundo y han atravesado parte de la selva amazónica. Aunque eso no es todo, todavía les restan tres semanas en España en las que subirán montañas, recorrerán ciudades y navegarán por el Atlántico.
Entre los 224 aventureros, por cierto, de 53 nacionalidades diferentes, encontramos a un reducido pero simpático grupo de jóvenes de Castilla y León. Cuatro proceden de Burgos, dos de Valladolid, dos de Segovia, uno de León y otro más de Salamanca, y han sido seleccionados entre 1.500 estudiantes por elaborar los mejores trabajos.
Están exhaustos, pero contentos. Todos están de acuerdo en que la experiencia merece la pena y en que repetirían una y otra vez... sin pensárselo. Lo tienen claro. Pese a su corta edad (tienen entre 15 y 17 años), les sobra energía como para parar un tren. Y si no que se lo pregunten a Álvaro Cuéllar. Este vallisoletano afrontaba la marcha de montaña de este fin de semana al alto abulense del Reventón como si fuera un paseo por el campo.
Aunque ya sólo el nombre del puerto asusta, pues se eleva a más de 1.400 metros de altitud y comunica el Valle del Tormes con el Valle del arroyo Caballeruelo, tranquilo y con ilusión, aunque tímido, Álvaro nos cuenta que después de las interminables caminatas por la selva peruana, ya nada le va a resultar más difícil.
Desde Valsaín, Segovia, quedaban por delante cinco horas de subida, aunque tenían a su favor la temperatura, rondaba los veinte grados, algo más baja de lo normal en estas fechas. Al ponerse el sol, pasadas las diez de la noche, llegaba la oscuridad, por lo que no había más remedio que detener la marcha y extender la esterilla sobre la cual dormir en sacos de campaña.
Concluye así la primera jornada por España, en la que en apenas 24 horas han visitado en Madrid el Museo del Prado, el Palacio Real y se han detenido en el Centro Deportivo y Cultural de la ONCE para ponerse en la piel de las personas discapacitadas mediante actividades lúdicas y culturales.
Todavía quedan por delante muchos kilómetros.