Miles de voluntarios durante meses dedicaron todo su tiempo a limpiar las playas de la masa negra y viscosa que había emanado del Prestige. Fueron sin duda protagonistas de una ola de solidaridad que inundó, como el chapapote, las costas gallegas.
Llegaban de todos los rincones de la Comunidad, de muchos puntos de España e incluso de Europa. Una década después no olvidan la humedad, el frío e imágenes que nunca creerían ver. El trabajo era minucioso, esmerado, exigente.
Los que se lesionaban, como Marga, eran manos limpias, se dedicaban a atender al resto de voluntarios. La espontánea marea blanca se ganó para siempre el reconocimiento y la gratitud de la mayoría de los gallegos.
La solidaridad de Castilla y León aún hoy es palpable y hablar de ello continúa generando una emoción evidente.