Mónica Murciego
El sonido de la tierra trabajada se abre paso en el entorno urbano de León. Una finca de 3.500 metros cuadrados se ha convertido en el refugio idóneo para una treintena de jubilados, quienes encuentran en la agricultura una herramienta clave para combatir el sedentarismo y superar graves baches de salud. Cada hortaliza recolectada representa una victoria terapéutica en un entorno que fomenta la tranquilidad y el bienestar emocional.
Horticultura terapéutica y educación comunitaria
Este espacio funciona como una comunidad vecinal donde el intercambio de semillas difumina el aislamiento. Los usuarios mantienen un fuerte compromiso de apoyo mutuo: si alguien se ausenta, los compañeros se preocupan y asumen el riego de su parcela. Debido a la alta demanda, las parcelas disponibles —liberadas por bajas o fallecimientos— se adjudican anualmente mediante una lista de espera.
Además de su función social, el huerto cumple una labor pedagógica con las nuevas generaciones. Muchos abonos y tratamientos se realizan de forma ecológica mediante purín de ortigas y cola de caballo, enseñando a los niños que visitan el espacio que los alimentos nacen de la tierra y no del supermercado.