El COI levanta el veto a Rusia y reabre el debate sobre el 'sportswashing'

Ángel Badillo, investigador del Real Instituto Elcano, analiza cómo los Mundiales de fútbol y los Juegos Olímpicos se han convertido en la maquinaria de "poder suave" más barata y efectiva para las autocracias

Rubén de Vicente

La reciente decisión del Comité Olímpico Internacional (COI) de levantar el veto a la participación de Rusia en sus competiciones, a pesar de la continuidad de la ofensiva militar en Ucrania, ha vuelto a poner de manifiesto la inevitable relación entre la política internacional y el deporte de élite. Este movimiento se suma a una tendencia histórica donde grandes eventos, como los Mundiales de fútbol, son utilizados por regímenes autocráticos o cuestionados internacionalmente para proyectar una imagen de normalidad y modernidad.

El auge del soft power en el fútbol moderno

Los ejemplos de Rusia en 2018, Qatar en 2022 y la proyección de Arabia Saudí para 2034 evidencian que albergar citas mundialistas no responde únicamente al interés deportivo. Estas candidaturas funcionan como herramientas de poder suave (soft power), una estrategia de influencia que busca resultar atractiva para la población global mediante el uso de los valores sociales tradicionalmente asociados al deporte, un recurso de lavado de imagen (sportswashing) que históricamente ya instrumentalizó la Alemania de Adolf Hitler en los Juegos Olímpicos de 1936.

La batalla por la final del Mundial 2030

La geopolítica del deporte no solo se mide en la organización del torneo, sino en la elección de los escenarios clave. Actualmente, Madrid y Rabat mantienen una intensa pugna por albergar la final del Mundial de 2030, coorganizado por España, Marruecos y Portugal. Conseguir la sede del último partido no es solo una cuestión de prestigio de infraestructura, sino un símbolo de liderazgo geográfico y político, un estatus de referencia global que España ya experimentó tras el éxito de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992.