El sector ganadero español afronta un escenario de máxima exigencia sanitaria. Respaldado por una estricta normativa de la Unión Europea y la gestión del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, el objetivo de la sanidad animal se asienta sobre tres pilares inquebrantables: el bienestar de los animales, la viabilidad de la producción ganadera y la seguridad alimentaria de los consumidores. Aunque las granjas aplican actualmente protocolos tecnológicos y de bioseguridad extremos, existen factores externos de difícil control que están provocando un incremento de imprevistos sanitarios.
El impacto de la globalización y el clima
Catedráticos y profesionales veterinarios señalan que el aumento de las temperaturas y la globalización del transporte (tanto de personas como de mercancías e incluso de productos vegetales) han facilitado que insectos vectores y virus modifiquen su ubicación y se extiendan hacia el norte. Esta situación ha devuelto a la actualidad enfermedades de Categoría A con efectos letales en las explotaciones, como la peste porcina africana —con focos detectados en jabalíes en Cataluña— o el virus de Newcastle, que afecta al sector avícola con especial incidencia en la provincia de Valladolid.
Protocolos estrictos y mensaje de tranquilidad
Las enfermedades catalogadas dentro de la Categoría A exigen, por normativa comunitaria, la activación de herramientas de eliminación inmediata como los sacrificios para evitar la propagación en un mercado abierto. A pesar de la gravedad de estos brotes ganaderos, las autoridades y expertos insisten en lanzar un mensaje de tranquilidad a la sociedad: estos patógenos no tienen ningún impacto en la salud humana ni comprometen en ningún momento la seguridad alimentaria.