Carlota Mendoza
La fuerza, la resistencia y la flexibilidad se asocian tradicionalmente a la danza, pero esta disciplina artística destaca cada vez más por sus múltiples aplicaciones en el ámbito de la salud. Lejos de ser una actividad reservada a perfiles con condiciones físicas concretas o edades tempranas, la práctica del baile se abre paso entre las personas de la tercera edad como una alternativa idónea para mantener el cuerpo activo y combatir el sedentarismo.
Beneficios físicos, cognitivos y sociales
Los efectos positivos de la danza abarcas parcelas que van más allá del mero ejercicio físico. La práctica continuada permite ensanchar el cuerpo, perfeccionar la respiración y tomar una mayor conciencia del propio esquema corporal. A esto se suma un impacto emocional positivo derivado del trabajo en grupo, que ayuda a combatir la soledad no deseada, mejorar la memoria de trabajo y afinar la coordinación motora.
Uno de los principales retos del sector radica en acercar la danza a la ciudadanía para derribar los prejuicios que la encasillan como una disciplina inasequible. Especialistas en la materia destacan la importancia de romper la barrera del mero espectador para motivar a los usuarios a experimentar en primera persona las posibilidades de su propio cuerpo, demostrando que no existen límites de edad para iniciarse en esta manifestación artística.
El valor de la socialización en la madurez
La incorporación a este tipo de actividades suele venir impulsada por el entorno cercano en etapas donde el fin de la etapa laboral permite disponer de más tiempo libre. El acceso a estos espacios de convivencia fomenta la creación de nuevas redes de apoyo, reduce los niveles de estrés y demuestra que la adopción de hábitos de vida saludables resulta beneficiosa en cualquier momento del ciclo vital.