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El escritor Paco Álvarez nos cuenta en qué se parecen nuestras bodas a las de los romanos. "Todo en las bodas es muy romano", dice Álvarez, empezando por la pedida de mano. "Prometerse en matrimonio viene de una fórmula romana" en la que el padre de la novia prometía al novio que su hija se casaría con él con la frase "que los dioses nos sean propicios". La fiesta de la promesa se llamaba espondeo, que es de donde viene la palabra esponsales, y la misma palabra boda viene también del latín botha, que quiere decir voto.
En la época de los romanos, la novia se vestía con una túnica recta y blanca, parecida a los vestidos de boda actuales. Se peinaba ritualmente y se cubría con un velo anaranjado llamado flammeum y palabra que de la que surge la expresión "flamante esposa", explica el escritor.
En vez de ramo utilizaban una antorcha, con la que se encendía el hogar de la casa de la novia y que luego se apagaba ritualmente antes de entrar a la casa del matrimonio.
La ceremonia en sí tenía muchos puntos en común con las ceremonias actuales. "Se ahorraban la iglesia o el juzgado porque se casaban directamente en la casa, normalmente en la del novio, y el padre del novio ejercía de sacerdote, mientras que el padre de la novia era quien unía las manos". Ya había anillo de boda y, de hecho, "nuestro dedo anular, en latín anularis, quiere decir dedo para el anillo".
Tras el banquete, en el que había tarta de boda, todos iban en procesión a casa de la novia. Después apagan la antorcha y la tiraban como si de un ramo se tratase. La afortunada en cogerla sería la próxima en casarse.