La exclusión social es una realidad que muchas mujeres migrantes sufren en silencio. La falta de documentación, la explotación laboral y las dificultades para acceder a una vivienda pueden dejarlas en situaciones de extrema vulnerabilidad. Es lo que ha vivido Fati Kane, una joven gambiana de 23 años que, después de pasar por varios centros de menores y acabar durmiendo en las calles de León, intenta reconstruir su vida.
Fati abandonó Gambia cuando tenía apenas 17 años. Huyó de un matrimonio forzado y emprendió un peligroso viaje en patera buscando un futuro diferente. “Salí para buscar la vida. Es muy difícil ahí”, recuerda. Una situación de la que sentía que no podía escapar: “Y tenía que aguantar”.
A su llegada a España pasó por varios centros de protección de menores en Canarias y Murcia. Pero al cumplir los 18 años, la falta de documentación y de apoyo la dejó expuesta a la explotación laboral. Una experiencia que le ha mostrado las dificultades a las que se enfrentan quienes abandonan su país. “No todas las gentes son iguales. Hay buenas, hay malas. Una persona que no sale no puede saber qué significa migrante. Tiene que salir. Si estás en tu país, tú no puedes saber qué duro, qué duro una persona...”, explica.
Su situación terminó llevándola a vivir en la calle, en León. Una realidad que, asegura, también sufren otras mujeres africanas. “Tiene que aguantar. ¿Qué tú vas a hacer? No es tu país. Yo seguí buscando la vida. Muchas africanas duermen en la calle”, relata Fati.
Fue entonces cuando encontró ayuda en la asociación Calor y Café, una entidad que atiende a personas sin hogar en León. Allí consiguió un lugar donde quedarse y ahora cuenta también con una oportunidad laboral. A pesar de todo lo vivido, mantiene la esperanza de construir un futuro mejor. “Estoy en Europa ya, soy muy joven. Yo voy a luchar. Cuando yo tenga niños, tener algo, no van a sufrir como yo”, asegura.
Sin embargo, su experiencia también la lleva a lanzar una advertencia a otras mujeres de su país que estén pensando en emigrar a España. “No vengan. Si tú vas a venir, vas a sufrir más. No es necesario que vengas”, afirma.
Con 23 años, Fati intenta dejar atrás las dificultades que ha atravesado y empezar una nueva etapa en León, con un lugar donde vivir y la posibilidad de trabajar.