Hay historias que duran apenas unos minutos y otras que llevan toda una vida escribiéndose. La de la Semana Internacional de Cine de Valladolid comenzó en 1956, cuando nació como una Semana de Cine Religioso. Siete décadas después, la Seminci se ha consolidado como uno de los festivales cinematográficos más importantes de nuestro país.
Sus comienzos estuvieron marcados por la escasez de recursos y el esfuerzo de quienes apostaron por sacar adelante el proyecto. “La gente que se dejó el alma y la vida para levantarlo, cuando no había nada. No había oficina, ni presupuesto. No había nada”, recuerda César Combarros, historiador de la Seminci.
Con el paso de los años, el festival se convirtió en una cita imprescindible para Valladolid. Por sus calles comenzaron a desfilar grandes nombres del séptimo arte y por sus pantallas pasaron películas que invitaban a mirar el mundo desde otras perspectivas. “Lo bueno que ha tenido Valladolid es que siempre ha propuesto películas que susciten la reflexión y el debate”, destaca Carmelo Romero, exdirector del certamen.
Una trayectoria en la que también hubo espacio para la controversia. Fernando Méndez-Leite, presidente de la Academia de Cine, recuerda cómo La Vía Láctea, de Luis Buñuel, pudo proyectarse en el festival vallisoletano, aunque posteriormente se prohibió su exhibición comercial en España.
Así, octubre se convirtió en sinónimo de cine en Valladolid. Las colas para entrar a las salas, los encuentros con cineastas y las conversaciones después de cada proyección fueron construyendo una relación especial entre la ciudad y su festival. “Yo no tengo más que gratitud hacia este festival”, asegura Fernando Lara, también exdirector de la Seminci.
Setenta años después, la Semana Internacional de Cine de Valladolid continúa reinventándose y abriendo sus puertas a nuevas generaciones de cineastas, nuevas miradas y otras formas de contar historias. Un festival que sigue mirando al futuro sin olvidar los orígenes que lo convirtieron en parte de la historia cultural de la ciudad.