El centro urbano de Zamora se ha convertido en el escenario principal del Festival de la Máscara, un encuentro internacional que en su decimoquinta edición ha congregado a más de 500 participantes pertenecientes a 33 delegaciones de España y Portugal. Las calles zamoranas se han llenado del sonido inconfundible de tamboriles y cencerros para reivindicar el valor identitario de estas manifestaciones festivas de origen pagano y religioso.
Diversidad territorial y simbología ritual
La cita ha contado con una notable representación de agrupaciones peninsulares. Desde Cáceres acudieron colectivos vinculados a figuras emblemáticas como la Loba de la Roquera o el Machulanú, cuyo sentido se ha entrelazado históricamente con el martirio de San Sebastián. Asimismo, la delegación segoviana procedente de Santo Tomé del Puerto mostró la indumentaria caracterizada por la Vaquilla Blanca, el Oso y los Remudados, atuendos que habitualmente se queman en la hoguera al cierre del martes de carnaval.
El cruce fronterizo con las comarcas portuguesas
La vertiente internacional estuvo marcada por la presencia de agrupaciones portuguesas de la región de Braganza. Los Caretos de Pinhel exhibieron sus confecciones hechas a mano, mientras que los Carucheros de Sesández hicieron sonar sus cencerros recordando el origen pastoral de su rito, cuyo propósito ancestral en la Sierra de la Culebra era ahuyentar a las alimañas del ganado.
La representación zamorana contó con la participación estelar del Zangarrón de Montamarta, una de las mascaradas de mayor antigüedad de la comarca. Los organizadores y participantes han destacado que la vinculación de los jóvenes con estos personajes responde a un compromiso identitario voluntario que garantiza la continuidad y pervivencia del patrimonio inmaterial en los pueblos participantes.