Surcos

La alteración de los ciclos climáticos y las normativas comunitarias fuerzan un cambio de estrategia en las siembras de Castilla y León

El retraso de las precipitaciones y el aumento constante de las temperaturas obligan a los agricultores a modificar las fechas de siembra, adaptar la elección de variedades y ajustar la gestión de las explotaciones para proteger su rentabilidad

El sector agrario de Castilla y León afronta una transformación estructural provocada por la variabilidad meteorológica y la imposición de las directrices de la PAC. El alargamiento de las temperaturas estivales y el retraso en las lluvias otoñales están desplazando los calendarios tradicionales de cultivo. En la presente campaña, siembras clave como la de la colza se han pospuesto hasta mediados de octubre por la falta de humedad en el suelo, mientras que cosechas como la del maíz y el girasol se han adelantado entre 15 y 30 días respecto a las fechas habituales.

Esta inestabilidad climática se suma a la amenaza constante de plagas y malas hierbas resistentes, un factor que lleva a los agricultores a retrasar deliberadamente la siembra de cereales para garantizar una nascencia más sana. Además, las exigencias normativas europeas fuerzan la diversificación de superficies, empujando a los profesionales a realizar números exhaustivos para evitar encadenar años consecutivos de pérdidas de rentabilidad.

Un ejemplo práctico de esta adaptación se localiza en Castroverde de Campos (Zamora), donde el agricultor José Luis gestiona cerca de 500 hectáreas. Ante la imposibilidad de preparar el terreno a tiempo para la colza, ha optado por rotar hacia variedades de cebada y trigo con ventanas de siembra más amplias. "Antes no se cambiaba la variedad de cebada, pero ahora recurrimos a ciclos de dos o tres años para disponer de margen hasta diciembre o enero", señala el agricultor zamorano.

La evolución tecnológica y la investigación agronómica se han convertido en los pilares fundamentales para sostener la productividad. El uso de maquinaria de gran capacidad y la implantación masiva de la siembra directa, que roza el 90% en algunas explotaciones, permiten optimizar las labores en plazos de tiempo cada vez más estrechos. No obstante, la efectividad del trabajo en el campo continúa supeditada a unos costes de producción desbocados y a la incertidumbre del clima.